-i-

El 4 del mes de Enero, Fortunata sintió un campanillazo y salió a abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro con agujeros (estilo primitivo). Era Estupiñá, que miraba a los tales agujeritos del modo más autoritario. Abrió la joven, y el gran Plácido, con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano el bastón cuyo puño era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de Sevilla los señoritos de Santa Cruz), alargó con la otra un papel que tenía un sello. «El recibo del mes» dijo en tono de déspota asiático que dicta una orden de pena de muerte.

—Pase, D. Plácido (sonriendo con gracia). Tengo que hablarle.

—Yo no paso. Vengan los cuartos. No tengo ganas de conversación.

¡Decir aquel hombre que no tenía ganas de conversación era como si el mar dijese que no tiene agua! Pero el tesón podía en él más que el liviano apetito.

«¡Jesús, qué mal genio ha echado este hombre!

Si le voy a dar la guita. No tendrá usted mejores inquilinas que nosotras».

—Sí... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda. No... Yo no paso; no sea majadera.

—Quiero que vea usted cómo está la casa, para que se convenza de que aquí no pueden vivir cristianos.