—¡Quién sabe!...—se dejó decir la joven, sintiendo que se le apretaba la garganta.

—Te repito que no vendrá... Tengo mis razones para asegurarlo.

—Claro... ¡qué ha de venir...! Ni falta.

—Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresión filosófica. Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.

Fortunata sintió que toda la sangre se le subía al rostro, y se puso muy sofocada. Rubín estiró el codo sobre el lecho, apoyándose en él con actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando leía.

«Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas en regenerarte».

La Pitusa tenía mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la almohada tenía, empezó a abanicarse.

—Es preciso que lo sepas—volvió a decir Maxi con cierta frialdad implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato—. Tu verdugo no se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.

—¡Con otra mujer!—dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la colcha.

—Sí, con otra mujer a quien tú conoces.