—Y tú, ¿dónde te metes?—balbució Aurora muy cortada, sin saber para dónde volverse.
Por fin se dirigió a las señoras que allí estaban; pero no supo qué decirles. Fortunata se le puso delante cuando volvía hacia la mesa central. «Tenía que hablar contigo... Como no se te ve... ¡Ay, qué amigas estas, se muere una sin que le digan nada!».
Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contestó: «Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pensé ir a verte... Pero siéntate».
—Estoy bien así... Pronto despacho.
Aurora se acercó otra vez a las señoras, y al volverse, su amiga le tocó un brazo. «Tenía que hablarte dos palabras... una cosita que te quería decir. Me estaba muriendo por verte. ¡Ingrata! ¡Sabiendo el gusto que me da tu compañía...!».
—Tienes razón—dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara de su amiga advirtió algo que la puso en cuidado—. Todos los días pensaba ir...
—Sabiendo que te quiero tanto...—Y yo a ti... ¿Pero por qué no te sientas?
—No... Me voy en seguida. No he venido más que a traerte una cosa...
—A traerme una cosa... ¡a mí!
—Sí, verás. Y diciendo verás, hizo con el brazo derecho un raudo y enérgico movimiento, y le descargó tan de lleno la mano sobre la cara, que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cayó al suelo. Fortunata dijo: «¡Toma, indecente, púa, ladrona!».