«¿Quiere la señora que vaya a buscarla?... ¿Pero adónde?».

—Yo iré—dijo Ballester, que no podía desechar la idea de que en el obrador de Samaniego darían razón de la fugitiva. Pero aún hablaba con Guillermina en secreto, cuando Segunda, que había bajado en busca de una llave o ganzúa con que abrir la puerta, gritó desde el principal: «Ya está aquí, ya está aquí».

—¡Ah!, ¡gracias a Dios...!—exclamó Guillermina sin intención de doble sentido—. Ya pareció la perdida. Veremos lo que trae.

—Una de dos—dijo Ballester suspirando—: o trae la cara arañada, o trae sangre o quizás piel humana en las uñas.

—Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que continuó echado apáticamente hasta que vio a su mujer. Esta subía jadeante, sofocadísima, limpiándose con un pañuelo el sudor de la cara, y levantándose las faldas para no pisárselas. En la mano traía la llave de la casa. «¿Qué, he tardado?... Si no he tardado nada. Despaché en seguida... ¡Ah!, doña Guillermina también aquí. Hija, yo creí desocuparme más pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar... Voy, voy, hijo de mis entrañas... ¡Ay!, creí que no me dejaban venir. Si me llevan a la cárcel, no sé... pobrecito mío».

—Abra usted, abra pronto...—le dijo Guillermina empujándola—, callejera, cabra montés. Está visto; no sirve usted para madre... ¡Ángel de Dios!, hace dos horas que está rabiando... Si usted no se enmienda, tendremos que mirar por él.


-viii-

Abrió y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante, Guillermina agarrada a ella, y detrás Ballester, Maxi, Izquierdo y Segunda. La madre corrió derecha a la alcoba, donde estaba el pequeño en su cuna, dando unos gritos que enternecerían al caballo de bronce de Felipe III. «Aquí estoy, rico mío, aquí está tu esclava... Ven, ven, cielo de mi vida; toma la tetita, toma... ¡Ay qué hambre tan grande!... ¡Cuánto ha llorado mi ángel!... Yo desatinada por venir. ¡Qué contento se pone mi niño!... Ya no llora más, ¿verdad? Ya no más...».

Sin quitarse el mantón, había cogido al chiquillo, disponiéndose a aplacar su gran necesidad. Se sentó en la cama, para dejar a Guillermina la única silla que en la alcoba había. La santa no atendía más que al pequeñuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompañada de satisfacción: «Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche».