—¿Apostamos a que es cualquier tontería? (inclinándose hacia ella y acariciándole la barba).
—¡Ay, señora, ojalá fuera tontería!... Voy a decírselo... Pero no me riña mucho... Pues anoche estuvo aquí mi marido, hablamos, y le di veinte duros para que comprara un revólver. El revólver es para matar a ese y a esa... sobre todo a la francesota, infame, traicionera...
Guillermina recibió impresión muy fuerte con estas palabras; pero hizo un esfuerzo por aparentar que no perdía su serenidad. «Fuertecillo es, sí, señora... Pero su marido de usted no hará nada. He hablado con él y me ha parecido muy razonable».
—La razón es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros, crea usted que no se le escapan. Yo le calenté bien la cabeza... Toda aquella sabiduría que ahora tiene se la quité con las cosas que le dije... Se volvió loco otra vez, señora; le prometí quererle como él me quiso a mí, y crea usted que hice la promesa con voluntad.
—Me hace usted temblar (alarmándose). Vamos; el pecado ese es de lo más atroz que puede haber. Él, si los mata, peca menos que usted, por haberle mandado que lo hiciera, acalorándole con promesas.
—Lo mismo me parece a mí, y por eso he estado con miedo toda la noche.
—Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdón a Dios de su mala intención y procura limpiarse de ella, Dios tendrá piedad de la pecadora.
—Es que... verá usted... estoy arrepentida por mitad. ¡Matarle a él!, ¿sabe usted que me da lástima? No, no, que no le mate... Pero lo que es a esa bribona, tramposa, embustera... ¿Pues no tiene la poca vergüenza de creer que tendrá hijos?... ¡Hijos ella...! Dígame usted, ¿qué se pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?
Esto lo decía con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante, no supo si indignarse o tomarlo a risa. «Vaya, que las ideas de usted me gustan... Se me figura que marido y mujer allá se van... en sabiduría. Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no vuelve a verme en su vida más. No se puede tolerar esto...».
—¿De modo que a esta tía monstrua no se le da un castigo?... Eso sí que está bueno. Y seguirá riéndose de nosotras... No lo entiendo.