Hizo un signo a Jacinta que quería decir: «Espérate, que ahora viene lo bueno».
—¿Es de veras? —Sí. No se la merece. Ya ves que él es feo adrede.
—Mi mujer... Nicanora... —murmuró Ido sordamente, ya en el último bocado—, la Venus de Médicis... carnes de raso...
—¡Tengo unas ganas de conocer a esa célebre hermosura...!—afirmó Juan.
Don José no había dejado nada en el plato más que el hueso. Después exhaló un hondísimo suspiro, y llevándose la mano al pecho, dejó escapar con bronca voz estas palabras:
—La hermosura exterior nada más... sepulcro blanqueado... corazón lleno de víboras.
Su mirada infundió tanto terror a Jacinta, que dijo por señas a su marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato, hostigó la demencia de aquel pobre hombre para que saltara.
«Venga acá, querido D. José. ¿Qué tiene usted que decir de su esposa, si es una santa?».
—¡Una santa!, ¡una santa! —repitió Ido, con la barba pegada al pecho y echando al Delfín una mirada que en otra cara habría sido feroz—. Muy bien, señor mío. ¿Y usted en qué se funda para asegurarlo sin pruebas?
—La voz pública lo dice. —Pues la voz pública se engaña—gritó Ido alargando el cuello y accionando con energía—. La voz pública no sabe lo que se pesca.