En aquel momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita, y como esta viese un pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán desagradable.
El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo siguiente:
—¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino mucho mejor. Es negro porque he mandado al panadero que lo amasase con una medicina que le envié, y que te hará muchísimo provecho.
Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un medio esqueleto de pollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un pellejo amarillo.
—No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso —me dijo con dolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en los labios—. ¡Dios mío, no me desampares!
La señora Sumta, detrás del sillón de la enferma, pronunció estas palabras:
—Señor, yo no quería decirlo, pero ello es preciso: de las cinco gallinas que quedaban se han muerto tres, y dos están enfermas.
—¿Es posible? ¡La Santa Virgen nos ayude! —exclamó el doctor, chupando los huesos del pollo para animar a su hija a que imitara tan meritoria abnegación—. ¡Conque se han muerto! Ya lo esperaba. Dicen que todas las aves del pueblo se están muriendo. ¿Ha ido usted a la Plaza de las Coles a ver si hay alguna gallina fresca y gorda?
—No he visto más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco.
—¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer?