—¿No vamos esta tarde a Castellá? En el patio dos caballos... los he visto.
Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos.
—Esos caballos —me dijo—, son el mío y el del vecino D. Marcos, que van al matadero.
Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a nuestro lado.
—¡Quiero salir... calle! —exclamó con vehemencia.
—Hija mía —dijo D. Pablo asociando los signos a la palabra—, ya sabes que ha llovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará bien. Toma mi brazo y demos unos cuantos paseos de la sala a la cocina y de la cocina a la sala.
Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con desconsuelo.
—Aquí tienes un gran compromiso —me dijo el doctor tirándose de un mechón de cabellos.
La desgraciada niña, mirando al cielo al través de los vidrios, exclamó:
—¡Qué precioso... el cielo!