—Aquí te traigo estos tres caballeros —dije a Siseta—, para que los repases.
Ella se enojó viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la contuve diciendo:
—Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el Gobernador D. Mariano Álvarez de Castro. Son los tres muy buenos patriotas, y si no es por ellos, creo que no se hubiera acabado hoy la cortadura que cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba de fango que tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso también meter sus manos en harina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la zanja, de donde le sacaron con una azada.
Siseta al oír esto empezó a solfearle en cierta parte, encareciéndole con enérgicas palabras la conveniencia de que no tomase parte en las obras de fortificación.
—¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien derecha? —proseguí, librando a Gasparó de las injusticias de su hermana—. Pues fue porque se acercó demasiado al Gobernador cuando este iba con el Intendente y toda la plana mayor a examinar las obras. Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en el corrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos que no le dejaban andar. Un ayudante les espantaba; pero volvían como las moscas de San Narciso, hasta que al fin, cansados del juego, los oficiales empezaron a repartir bofetones, y uno de ellos le cayó en la cara a tu hermano Manalet.
—¡Ay, qué chicos estos! —exclamó Siseta—. Todos desean que se acabe el sitio para poder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya escuela.
Entre tanto, los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes ojos, en cuya pupila resplandecía el rayo de una vigorosa y exigente vida; miraban a su hermana y me miraban a mí, atendiendo principalmente a los movimientos de mis manos, por ver si me las llevaba a los bolsillos.
—Siseta —dije—, ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres capitanes generales me quieren tragar con los ojos. Y verdaderamente, ¿cómo han de servir a la patria si no se les pone algún peso en el cuerpo?
—No hay nada —dijo la muchacha, suspirando tristemente—. Se ha concluido lo que tú trajiste la semana pasada, y hace dos días que la señora Sumta no me da ni una miga porque parece que arriba faltan también las provisiones. ¿Nos traes algo esta noche?
Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato guardamos todos profundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no llevaba nada.