—Ya tenemos ahí los socorros —dijo la guerrera, descansando en tierra el fusil con marcial abandono.
Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu, quien sin poder contener su alegría, gritaba:
—¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora Sumta, suba usted a informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy? Traiga usted inmediatamente todo lo que encuentre, a cualquier precio que lo vendan.
Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo:
—Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni por dónde entrará.
—Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego, señal de que por allí D. Enrique O’Donnell se está batiendo con los franceses.
—También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está Llauder. El convoy entrará por el Mercadal, si no me engaño.
—Señora Sumta —dijo D. Pablo desde la ventana—, suba usted a acompañar a mi hija mientras yo voy a enterarme de lo que ocurre; pero deje usted fuera esos arreos militares, y póngase el delantal y la escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en los pucheros, que si usted va por los víveres, yo mondaré luego las seis patatas que compré hoy, y haré todo lo demás que sea preciso en la cocina.
Estas conferencias no se prolongaron mucho tiempo, porque tocaron llamada y corrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible satisfacción de oír el vivo fuego de los franceses, atacados de improviso a retaguardia por las tropas de O’Donnell y de Llauder. Para ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon, todas las piezas, se hizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por diversos puntos salimos a hostigar a los sitiadores, facilitando así la entrada del convoy. Por último, mientras hacia Bruñolas se empeñaba un recio combate en que los franceses llevaron la peor parte, por Salt penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro mil hombres a las órdenes del General D. Jaime García Conde.
¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de Gerona la llegada del socorro! Todo el pueblo salió a la calle al rayar el día para ver las mulas, y si hubieran sido seres inteligentes aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con más cariñosas demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al pasar por la calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta, a los tres chicos y a D. Pablo Nomdedeu, y todos nos abrazamos, comunicándonos nuestro gozo más con gestos que con palabras.