—¿Y Gasparó?

—Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en Alemanes, y aunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se escapó por la puerta de atrás. Ahora hemos estado juntos, buscando algo que comer en aquel montón de desperdicios que hay en la calle del Lobo; pero no encontramos nada. ¿Tienes tú algo, Andrés?

—Algo, ¿qué es eso? ¿Pues acaso queda algo que comer en Gerona? Aquí no se come más que humo de pólvora. ¿Has visto al Gobernador?

—Ahora iba por ahí arriba. Parece como que va al Calvario. Nosotros bajábamos con otros chicos, y cuando le vimos, pusímonos en fila, gritando: «¡Viva su Majestad el Gobernador D. Mariano!» ¿Pues querrás creer que no nos dijo tanto así? Ni siquiera nos miró.

—¡Hombre, qué falta de cortesía! ¡No saludar a gente tan respetable!

—Después Badoret se metió en las Capuchinas, porque estaba la puerta abierta. Andrés, ¿sabes que hay un soldado muerto que tiene un tronco de col en la mano? Si me das licencia se lo quitaré.

—No se toca a los muertos, Manalet. Veremos si ahora que hemos destrozado a los franceses, nos dan alguna cosa.

Infinidad de mujeres ocupábanse allí en retirar a los heridos, y también repartían a los sanos algunas raciones de pan negro y muy poco vino. Nosotros veíamos a los franceses retirándose por el llano adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento de ardiente orgullo al ver resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecía realmente un milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nos defendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las manos. Nosotros nos caíamos de hambre; ellos no carecían de nada: nosotros apenas podíamos manejar la artillería; ellos disparaban contra la plaza doscientas bocas de fuego. Pero ¡ay! no tenían ellos un D. Mariano Álvarez que les ordenara morir con mandato ineludible, y cuya sola vista infundiera en el ánimo de la tropa un sentimiento singular que no sé cómo exprese, pues en él había, además del valor y la abnegación, lo que puede llamarse miedo a la cobardía, recelo de aparecer cobarde a los ojos de aquel extraordinario carácter. Nosotros decíamos que el yunque y el martillo con que Dios forjó el corazón de D. Mariano, no había servido después para hacer pieza alguna.

Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros muchos chicos, todos descalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre los cuales venía su hermano Badoret, trayendo a cuestas a Gasparó, cuyos brazos y piernas colgaban sobre los hombros y por la cintura de aquel. Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret, que repartía algunas guindas a sus compañeros.

—Toma, Andrés —me dijo el chico, dándome una guinda—. Ya tienes para todo el día. Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que tendrán un hambre... ¿Sabes cómo las he ganado? Pues te contaré. Iba yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y vi abierta la puerta del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó me pedía pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para que callara, diciéndole que si no callaba se lo contaría al señor Gobernador. Pero cuando vi abierta la puerta del convento, dije: «aquí ha de haber algo,» y me colé dentro. Metime en el patio, entré después en la iglesia, pasé al coro, luego a un corredor largo donde había muchos cuartos chicos, y no vi a nadie. Registré todo, por si caía cualquier cosa; pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o tres madejas de seda, que estuve chupando a ver si daban algún jugo. Ya me volvía a la calle, cuando sentí detrás de mí: pist, pist... pues... como llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, qué miedo! Allá a lo último del corredor había una lámina grande, donde estaba pintado el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el diablo quien me llamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí! que no podía encontrar la salida, y todo era dar vueltas y más vueltas en aquel maldito corredor; y a todas estas, pist, pist... Después oí que dijeron: «Muchacho, ven acá,» y tanto miré por el techo y las paredes, que alcancé o ver detrás de una reja una mano blanca y una cara arrugada y petiseca. Ya no tuve miedo y fui allá. La monjita me dijo: «Ven, no temas; tengo que hablarte.» Yo me acerqué a la reja y le dije: «Señora, perdóneme usía, yo creí que era usted el demonio.»