Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más frenéticamente alegre que el mío, gritó en medio del desván:

—¡Ven, ven!... ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!... Suelta a Pichota; suéltala, miserable.

Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor pánico que cuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos a los precipicios en miniatura, tropezando y saltando, yo delante, él detrás; yo gritando, él rugiendo hasta que, rendido de fatiga, caí entre destrozadas tablas, que me impedían todo movimiento. Me encontré débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquella furia, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario que yo había conocido.

—Sr. D. Pablo —le dije—, tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha vuelto usted tigre.

Sin contestarme nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su alma en un sordo mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos de mí, y abriendo la puerta, se marchó.

Pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podía tener; salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado, arañado y cubierto de polvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo ocurrido, y los tres muchachos me oyeron con espanto.

—No hay nada por hoy —les dije con angustia—. Voy a la calle a ver si encuentro una persona caritativa.

Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de desesperación, y yo corrí desalado fuera de la casa. En la calle marchaba como un ebrio, sin dirección, ni aplomo, ni camino, y con la mente en ebullición, cargada, atestada y henchida de criminales ideas.

XIII

A mi paso encontraba las familias desvalidas, formando horrorosos grupos de desolación en medio de la vía pública, con los pies en el lodo, guarecida la cabeza del sol y la lluvia bajo miserables toldos de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unos a otros la seca raíz de legumbre, el fétido pez del Oñar, las habas carcomidas y los huesos de animales no criados para la matanza. Diestros carniceros, improvisados por la necesidad, perseguían por todos los rincones de Gerona a los pobres perros que, bastante inteligentes para comprender su trágica suerte, buscaban refugio en lo más recóndito, y aun se atrevían a traspasar la muralla, corriendo a escape hacia el campo francés, donde eran acogidas con aplauso y algazara tales pruebas de nuestra penuria. Por todas partes, en sótanos y tejados, los gatos se defendían con sus ásperas uñas del ataque de la humanidad, empeñada en vivir.