El doctor, al oírme, moviose inquietamente en su lecho con síntomas de alteración nerviosa, e incorporándose de improviso, me mostró su cara, desfigurada de un modo notable.
—No me preguntes por Siseta y sus hermanos —dijo con torpe lengua, y haciendo ademán de apartar un objeto que inspira desagrado—. Yo no sé nada de ellos. Andrés, más vale que te marches y me dejes en paz.
La señora Sumta, que entró a la sazón, puso el dedo en la sien, mirando a su amo con expresión de lástima. Con el gesto y la mirada quería decirme: «No hagas caso, que el amo ha perdido el juicio.»
Perdiéralo o no, lo cierto es que me llenaban de inexplicables confusiones sus palabras. Interroguele de nuevo; pero él, cerrando los ojos y extendiendo brazos y piernas, cual exánime cuerpo, aparentaba no oírme, o realmente aletargado, no me oía.
Josefina entró en seguida y mostró mucha alegría al verme. Por mi parte, quedeme sorprendido al notar la animación de sus ojos, su color menos pálido que de ordinario, y al observar la agilidad, la gracia y desenvoltura que había adquirido en sus movimientos desde que no nos veíamos. Después de contestar con amables sonrisas a mis cumplidos, que adivinaba por el movimiento de los labios, me preguntó por Siseta.
—¡Ay! —respondí, expresando con signos mi suprema aflicción—. Siseta... se ha ido, señorita; no sé dónde está.
—Busquémosla —dijo Josefina con resolución.
—¡Ay! gracias, señorita Josefina... Yo no me puedo tener; pero si usted me acompaña, sacaré fuerzas de flaqueza para recorrer la ciudad.
En la casa tenían ya comida abundante, que se repartía entre los diferentes vecinos allegadizos que allí se albergaban, y a mí me dieron una buena porción. Cuando salí, enlazando mi brazo con el de Josefina, me sentía tan restablecido, que no necesité buscar apoyo en las paredes ni arrojarme al suelo cada diez minutos para tomar aliento.