—«Si ustedes son hombres de honor, hubieran hecho lo mismo en mi lugar.»

Tan sublime concepto no lo comprendían la mayor parte, y solamente algunos oficiales distinguidos, penetrándose del indigno papel que estaban haciendo, se apresuraron, después de la respuesta del General, a poner fin al denigrante interrogatorio.

Mi amo enviome al instante al pueblo en busca de carne para aderezar la comida del enfermo, y gracias a mi prontitud y diligencia, pronto pudimos servirle una comida mediana. Delante de los franceses, que nos negaban todo auxilio, Satué puso el puchero, soplaba el fuego otro oficial español, y convertidos todos en cocineros, nos disputábamos, chicos y grandes, el honor de asistir al enfermo. Pasó bien la noche; pero serían las dos de la madrugada, cuando con estrépito llamaron a la puerta del pabellón, diciéndonos que nos dispusiéramos a seguir el viaje a Francia. Álvarez, que dormía profundamente, despertó al ruido, y enterado de la continuación de la jornada, dijo sencillamente:

—Vamos allá.

Quiso incorporarse sobre las tablas en que con nuestros capotes le habíamos arreglado un mal lecho, y no pudo...¡Tan agotadas estaban sus fuerzas!... Pero en brazos le llevamos nosotros al coche, y con un frío espantoso, azotados por la lluvia de hielo y pisando la nieve que cubría el camino, emprendimos el de la Junquera. Una precaución ridícula habían añadido los franceses a las que antes tomaran para custodiarnos. Esto hace reír, señores. Además de la fuerte escolta de caballos, sacaron también de Figueras dos piezas de artillería, que iban detrás de nosotros, amenazándonos constantemente. Es que su recelo de que nos escapásemos era vivísimo, y con ninguna de las cautelas ordinarias creían segura la persona de D. Mariano Álvarez, inválido y casi moribundo. Éramos muy pocos en aquella segunda jornada, porque los frailes y la tropa quedáronse en Figueras hasta el amanecer. Ignoro si para tener a raya las fogosidades del Padre Rull, se pertrecharon también con un par de baterías de campaña y algunos regimientos de línea.

En la Junquera nos detuvimos muy poco tiempo; siguiendo luego por Francia adelante, llegamos a Perpiñán a las siete de la noche del mismo día 23, y después de detenernos en casa del Gobernador, nos llevaron al Castillet, fortaleza de ladrillo, de airosa vista, obra del Rey D. Sancho, la cual habrán visto cuantos hayan estado en aquella ciudad. Sin más ceremonias, destinaron para habitación de Álvarez un tenebroso aposento a manera de calabozo, con más humedades que muebles, y tan lóbrego y sucio, que el mismo D. Mariano, a pesar de su temple resignado y fuerte, no pudo contenerse, y exclamó con indignación:

—«¿Es este sitio propio para vivienda de un General? ¿Y son ustedes los que se precian de guerreros?»

El alcaide, que era un bárbaro, alzó los hombros, pronunciando algunas palabrotas francesas, que me pareció querían decir poco más o menos:

—Es preciso tener paciencia.

Luego, dirigiéndose a los de la comitiva, aquel caritativo personaje nos dijo que estaba dispuesto a darnos de comer lo que quisiéramos, pagándolo previamente en buena moneda española. La moneda española ha sido siempre muy bien recibida en todo país donde ha habido manos. Dándole las gracias, pedímosle lo que nos pareció más necesario, y aguardamos la cena, aposentados todos en la inmunda pocilga. Nuestro primer cuidado fue improvisar con los capotes una cama para nuestro Gobernador, cuya fatiga y debilidad iban siempre en aumento. El cancerbero volvió al poco rato con unos manjares tan mal guisados, que no se podían comer, lo cual no fue parte a impedir que nos lo cobrase a peso de oro; pero se los pagamos con gusto, suplicándole, unos en mal francés y otros en castellano, que nos hiciera el favor de no honrarnos más con su interesante presencia.