Pero antes quiero decir que Siseta era una muchacha gordita y fresca, que sin tener una hermosura deslumbradora, cautivaba mi alma de un modo extraño, haciéndome olvidar a todas las demás mujeres, y principalmente a la que había sido mi novia en la Almunia de Doña Godina. Rosada y redondita, Siseta parecía una manzana. No era esbelta, pero tampoco rechoncha. Tenía mucha gracia en su andar, y poseyendo bastante ingenio y soltura en la conversación, sabía, sin embargo, acomodarse a las situaciones, distinguiéndose por una gran disposición para no estar nunca fuera de su lugar, de cuyas prendas puede colegirse que Siseta tenía talento.

Pues bien, como antes indiqué, tomándole una mano, le dije:

—Siseta...

No sé qué me pasó en la lengua, pues callé un buen rato, hasta que al fin pude continuar así:

—Siseta, ya tú sabes que va para cuatro meses que estoy alojado en tu casa...

La muchacha hizo un signo afirmativo, demostrando estar convencida de mi permanencia en la casa durante cuatro meses.

—Quiero decir —proseguí— que durante tanto tiempo he comido de tu pan, aunque también os he dado el mío. Ahora, con la muerte del Sr. Cristòful, os habéis quedado huérfanos. ¿Tenéis tierras, alguna casa, alguna renta?

—No tenemos nada —me contestó Siseta, dirigiendo tristes miradas a los cacharros de la cocina—. No tenemos nada más que lo que hay en casa.

—Las herramientas valen alguna cosa —dije—; mas, en fin, no hay que apurarse, que Dios aprieta, pero no ahoga. Aquí está el brazo de Andrés Marijuán. ¿Dejó tu padre algún dinero?

—Nada —respondió—, no ha dejado nada. Durante su enfermedad trabajaba muy poco.