Quise ver su rostro; pero se lo ocultaba cuidadosamente. Se conocía que trataba de contener la risa y disimular la voz. Era una mujer arrogante y que me revelaba con solo el roce de su mano en mi brazo la alta calidad a que pertenecía. Desde su aparición había yo sospechado que no era criada, y después de oírla y sentir el contacto de su vestido, ningún hombre se habría equivocado respecto a su clase. Yo estaba algo aturdido por lo inusitado de la aventura, y una dulce confusión embargaba mi alma. Venían a mi mente indicios, recuerdos, y aquella mujer llevaba en los pliegues de su vestido un ambiente que no era nuevo para mí. Pero al principio ni aun pude formular claramente mi sospecha. La desconocida me llevaba rápidamente, y andábamos a prisa por las calles del Puerto, hablando de esta manera:

—Señora, ¿insiste usted en ir a Cádiz por mar a estas horas?

—¿Por qué no? ¿Se marea usted? ¿Tiene usted miedo a embarcarse?

—Por bueno que esté el mar, el viaje no será cómodo para una dama.

—Es usted un necio. ¿Cree usted que yo soy cobarde? Si no tiene usted ánimo, iré sola.

—Eso no lo consentiré, y aunque se tratara de ir a América en el frágil esquife de que hablaba la señora Duquesa de los Umbrosos Montes...

La desconocida no pudo contener la risa, y el dulce acento de su voz resonó en mi cerebro, despertando mil ideas que rápidamente cambiaron en luz las oscuridades de mi pensamiento, y en certidumbre las nebulosas dudas.

—Adelante —dijo al ver que me detenía—. Ya estamos en el muelle. El botero está allí. La marea sube y nos favorecerá; el mar parece tranquilo.

Callé y seguimos hasta el malecón. Era preciso bajar por una serie de piedras puestas en la forma más parecida a una escalera, y el descenso no carecía de peligro. Tomé en brazos a mi compañera y la bajé cuidadosamente al bote. Entonces ni pudo, ni quiso sin duda ocultarme su rostro, y la conocí. La fuerte emoción no me permitió hablar.

—¡Oh, señora Condesa! —exclamé besándole tiernamente las manos—. ¡Qué felicidad tan grande encontrar a usía!...