Como hombre de convicciones inquebrantables y profundas, honradísimo caballero en su trato social y de intachables costumbres, le estimaban todos. En la vida práctica, Lantigua transigía benignamente con los hombres de ideas más contrarias á las suyas, y aun se le conocieron amigos íntimos á los cuales amó mucho, pero sin poderles convencer nunca. En la vida de las ideas era donde campeaba su intransigencia y aquella estabilidad de roca jamás conmovida de su asiento por nada ni por nadie. Las tempestades de la revolución del 48, de la república romana, de la formación de la unidad de Italia, de la caída del imperio austriaco, de la humillación del francés, de la destrucción del poder temporal del Papa, de la formación de Alemania, Minerva parida por el cerebro de Bismark, y otras menos trascendentales y que, localizadas en nuestra patria, sólo fueron lloviznas menudas en el cielo de Europa, no produjeron en el ánimo de aquel varón insigne otro efecto que el de cimentar más y más su creencia de que la humanidad pervertida y desapoderada merece un camisón de fuerza.
Estos hechos y otras recientes desgracias ocurridas en el suelo patrio, llevaron á Lantigua á un estado de irritación lamentable que dió á sus escritos y á sus discursos lúgubre y displicente tono. Profetizó el vilipendio del próximo siglo, la confusión de las lenguas y tras la confusión la dispersión y tras la dispersión la esclavitud, hasta que una nueva florescencia de la fe católica en los corazones fecundados por la desgracia reorganizase á los pueblos, congregándolos bajo el manto tutelar de la Iglesia. Según él, las decantadas leyes del humano progreso conducen á Nabucodonosor. Antes muriera Lantigua que ceder en esto. Y en realidad ¿cómo había de ceder? Los que han reducido todas sus ideas á esta fórmula abrumadora ó Barrabás ó Jesús, necesitan dejarse llevar hasta los últimos extremos, porque la menor flaqueza equivale en ellos á pasarse á Barrabás.
V
Cómo educó á su hija.
Don Juan de Lantigua no había presidido personalmente á la educación de su única hija. Además de que sus ocupaciones en el foro y en la tribuna le dejaban poco vagar para consagrarse á ello, creía que con encerrar á su hija en un colegio bastaba. Lo importante era que en el colegio reinasen buenos principios. Advirtamos que D. Juan enviudó á los catorce años de casado. Su digna esposa le dejó á Gloria, de doce años, y á dos pequeñitos que volaron al cielo, desde Ficóbriga, cuando apenas habían aprendido á andar por la tierra.
Gloria, después de residir algunos años en un colegio, á que daba nombre una de las advocaciones más piadosas de la Virgen María, volvió á su casa en completa posesión del catecismo, dueña de la historia sagrada y de parte de la profana, con muchas, aunque confusas nociones de geografía, astronomía y física, mascullando el francés sin saber el español, y con medianas conquistas en los dominios del arte de la aguja. Se sabía de memoria, sin omitir letra, los deberes del hombre, y era regular maestra en tocar el piano, hallándose capáz de poner las manos en cualquiera de esas horribles fantasías que son encanto de las niñas tocadoras, terror de los oídos y baldón del arte musical.
Lantigua la oyó recitar trozos de historia sagrada, y no pareció satisfecho.
—En estos colegios del día—afirmó,—preparan el entendimiento de los niños para las ideas como los dedos para las teclas. El pensar es tocar, reproduciendo con el órgano de la palabra la música del padre Astete.