—¿Vendrá usted por estos barrios alguna vez?...—le dijo Lantigua apretándole de nuevo la mano.

—Sí señor. No pienso partir para Inglaterra hasta el mes que viene.

—¡Tendremos mucho gusto en verle!—dijo D. Angel con voz patética.—¡Cuánto siento no ver en usted más que un amigo!

—Yo veo en usted algo más—repuso Morton con cariño,—veo un buen consejero, un admirable pastor de almas y una hermosa imagen de Dios.

—Mal pastor he sido con usted—manifestó el obispo con sentimiento.—Al ver que tan valiosa res se me escapa, debería romper mi cayado y decir: «Señor, mi inteligencia es limitada, y no sirve para acrecentar tus dominios.»

—El límite de los dominios de El, ¿quién lo sabe?—dijo Morton.

—Es verdad, mucha verdad. Por eso yo espero... yo espero siempre... ¿por qué no decirlo claramente?—repuso D. Angel con enfado de sí mismo.—Yo espero que algún día será usted católico.

—Dios quiera que sea siempre bueno—replicó Daniel bajando los ojos.

Despidióse otra vez, no olvidando al doctor Sedeño, y después partió á caballo.