—Tú eres hombre. El hombre debe sacrificarse por la mujer.

—En este asunto, la sentencia debe caer sobre el que tenga creencias menos firmes. ¿Cuáles son las tuyas?

—Creo en Dios uno, Señor del cielo y de la tierra—declaró Gloria, la mano puesta en el pecho y elevando al cielo los ojos llenos de lágrimas y de la luz divina;—creo en Jesucristo, que murió en la cruz por redimir al género humano; creo en el perdón de los pecados y en la resurrección de la carne, en la vida perdurable... Te desafío á que seas tan explícito como yo. Nunca me has dicho de un modo claro cuáles son tus creencias.

—Gloria, tu fe es tibia en muchas cosas ordenadas por la Iglesia... Me lo has confesado.

—Es firme y ardiente en lo principal.

—Todo es principal. Pregúntalo á tu tío.

—No tengo necesidad de declararme contraria á ciertas cosas.

—Entonces no eres buena católica. Es preciso creerlo todo absolutamente. Ya ves que...

—¿Qué he de ver?

—Que yo soy más religioso que tú, porque creo todo, absolutamente todo lo que mi religión me enseña.