—Adiós, adiós para siempre.

—Has pronunciado la palabra terrible—dijo Morton con amargura;—la palabra que ha venido á ser nuestra única solución. ¡Adiós! No hay otra fórmula, Gloria. Yo sentía en mi alma esta palabra; pero no podía ni debía decirla. Tu la has dicho.

—Porque tú acabas de arrancarme toda esperanza.

—Porque no hallo solución alguna á nuestro conflicto, porque es imposible, porque no hay remedio, porque no puede ser de otra manera.

—Sea, pues—dijo Gloria, cayendo en triste abatimiento.

—Dios lo quiere así.

—Nos separaremos para siempre.

—Mañana.

—No, hoy mismo, ahora mismo—afirmó la señorita con viveza.