—Sí, cuando era niña.

—¿Y ahora, por qué no?

—Ven acá, mansa ovejuela—dijo D. Angel sonriendo.—¿Tienes vergüenza? Ya se ve... con esos pecadazos tan tremendos...

—Pues me retiro—dijo D. Juan, á tiempo que su hermano extendía amorosamente el brazo derecho para agasajar con paternal cariño á la penitente.

Gloria no pudo decir una palabra. Desfallecía. Cayó de rodillas, y D. Angel le rodeó el cuello con su brazo, diciendo:

—Vamos á ver, hija mía.

Silencio: la confesión de un alma ha empezado. Ante acto tan solemne, el más hermoso que existe en religión alguna, el narrador calla. Nadie tiene derecho á inmiscuir su atención irreverente en este diálogo del alma con Dios. Lector, cierra el libro y espera.


XXX
Pecadora y hereje.