Su Ilustrísima se detuvo, mirando cara á cara á la señorita de Lantigua.

—Ya te explicaré con toda calma esos delicados puntos—prosiguió el reverendo.—Hablaremos largo, porque no dormiré tranquilo mientras no te saque hasta las últimas heces de ese veneno. Pero díme ahora, loquilla de mi corazón, ¿cómo pudiste dar calor en tu entendimiento á esas malditas víboras? Sin duda el hombre, á quien has tenido la desdicha de amar, te inculcó esos principios del latitudinarismo, desgraciadamente esparcidos por el mundo en razón de la aparente benevolencia y generosidad que encierran.

—No ha sido él—dijo con viveza la pecadora,—quien me ha inculcado esas ideas. Daniel sin dejar de entrever á punto fijo cuáles son sus creencias, se ha mostrado siempre poco inficionado de eso que llama usted...

—Latitudinarismo, hija.

—Latitudinarismo... Pues en ese hombre, las creencias parecen muy firmes y hasta intolerantes, señor. Además, siempre ha tenido la delicadeza de no decirme nada que quebrantara en mi alma la religión de mis padres. Hemos hablado de la religión como lazo social y nada más.

—Entonces, tú... Mira, estoy algo cansado, y bueno será que nos sentemos en esta piedra.

—Yo, yo sola—dijo Gloria sentándose también,—soy la culpable. Hace tiempo, desde que le conocí, díme á cavilar en estas cosas noche y día. No podía apartarlas de mi pensamiento y, según mi entender, discurría acertadamente sobre ellas. Me parecía que mis argumentos no tenían réplica, y me vanagloriaba de ellos, pronunciándolos en mis diálogos obscuros conmigo misma.

—Has dicho, «desde que le conocí,» luégo él en cierto modo es responsable...

—No, no, querido tío, yo, yo sola. Si he de hablar á usted con entera lealtad, mostrándole mi alma hasta lo más hondo, aun antes de conocerle pensaba yo en estas tristes cosas, si bien no daba forma clara á mis pensamientos. El trato de Daniel parece que encendió en mi espíritu mil luces, y á su claridad empecé á ver diferentes temas de religión y de las disputas de los hombres sobre ella, así como de la grandeza y lejanos linderos del reino de Jesucristo, á quien yo veía Señor de todas las gentes, de todos los buenos, de todos los limpios de corazón.