Sentados los comensales, bendijo D. Silvestre la comida, y comenzó el stridor dentum.

Había tenido doña Saturnina la felíz idea de poner la mesa fuera de la casa, en medio de la frondosa huerta, y á la sombra de dos ó tres álamos, que con sus ramas la cubrían toda, dejando tan sólo penetrar algunos rayos de sol que caían aquí y acullá, como si hubieran sido salpimentados con luz los manteles. Aquí brillaba un melocotón, allí el cuello de una botella, más allá un salero, más lejos la calva de D. Juan Amarillo.

En cuanto á la parte principal del banquete, que era la comida, todos los elogios que de ella se hagan serán pálidos ante la realidad de su abundancia y el exquisito sabor de toda ella, si bien era más rica que fina, algo á la pata la llana, demasiado suculenta, comida española de esa que más parece hecha para atarugar rústicos cuerpos que para deleitar delicados paladares.

Viérais allí la sopa de arróz calduda, que bastaba por sí sola á dejar ahito al más hambriento, y después los pollos con tomate, precediendo á las magras, también entomatadas, para hacer lugar á los finísimos pescados cantábricos en picantes escabeches ó nadando en ricas salsas. Entre ellos venían las bermejas langostas, mostrando la carne como nieve dentro de la destrozada armadura roja, y los sabrosos percebes, como patas de cabra; y luégo volvía el imperio de la carne representado en piezas adobadas del animal que mira al suelo, siguiendo á esto chuletas con forro de fritura y otras viandas riquísimas y olorosas, acompañadas por delante y por detrás de aceitunas, pepinillos, rajas de queso flamenco ó del país, anchoas y demás aperitivos, sin que faltaran unos calabacines rellenos, en los cuales no se sabía qué admirar más, si el especioso sabor del alma ó la dulzura del cuerpo, y también gran copia de colorados pimientos, que como llamas de fuego iban de boca en boca.

¿Y qué diremos de los vinos, algunos de ellos de las mejores estirpes andaluzas? ¿qué de los dulces y platos de leche, que bastarían para hartar á todos los golosos de la cristiandad? Por último, el generoso olor del tabaco habano se dejó sentir, y una azulada nube flotó sobre la mesa, envolviendo el grupo de convidados en sensual atmósfera.

El anfitrión D. Silvestre Romero (la moda nos obliga á darle aquel nombre) había comido bien; D. Juan no había hecho más que probar los platos, Rafael del Horro estuvo muy parco y D. Juan Amarillo devoraba. Los demás no desairaron á D. Silvestre. Este se desvivía porque todos comieran mucho, y no tenía consuelo al ver que no se atracaban como él, y á cada instante les excitaba echándoles en cara su desgana y presentándoles los platos para que repitiesen.

Fué digno de notarse un incidente de la comida, por la semejanza que ofrecía con casi todos los banquetes políticos que se celebran en Madrid. Rafael del Horro propuso que el ramillete puesto en el centro de la mesa se enviase á la señorita de Lantigua.

Cuando fumaban, D. Silvestre creyó que debía tomar la palabra, y lo peor fué que la tomó.

—Queridos hermanos y amigos míos—dijo:—nos ha reunido aquí la celebración de un triunfo. Porque ha sido un triunfo grande, inmenso, que nos ha de conducir á una victoria aún mayor, á la victoria de la verdad sobre el error, de la virtud sobre el vicio, de Dios sobre Satanás.

—Muy bien—repuso D. Juan Amarillo abriendo los diminutos ojos que había cerrado poco después de la última copa.