—Si no se puede pasar—dijo uno.
—Se puede pasar—afirmó otro.—Francisquín, el del cura, acaba de venir del Soto. Hay un tramo medio roto; pero agarrándose bien, se puede pasar.
—¿Decís que ha venido Francisquín?—preguntó Gloria con viva ansiedad.
—Sí, señorita: ahí está con un recado del señor.
—¡Francisquín, Francisquín!—gritó Gloria desde la verja.
Un muchacho pequeño y colorado, húmedo todo desde la cabeza hasta los piés, como una deidad de los ríos, penetró en el jardín.
—¿Y mi padre, y mi tío?—preguntó la señorita.
—No tienen novedad; pero no pueden pasar para acá en coche, y á pié con mucho trabajo. La crecida es grande.
—¿Te dieron algún recado para mí?
—Sí, señorita; que esté usted sin cuidado, que todos los señores se quedarán en el Soto esta noche y vendrán mañana, subiendo hasta Villamojada para coger el puente de San Mateo, aunque yo creo que mejor se podrá pasar en lanchas.