—¡Mentira! ¡mentira!—exclamó éste con febril ardor.—Tú no me amas, tú has hecho burla de mí, del pobre extranjero arrojado aquí por los mares y que quiere huir y no puede.

—Tú no eres ya juicioso y bueno, como la última vez que nos vimos. Amigo, si me estimas, si me amas, vete. Te lo suplico.

La pobre joven casi se ahogaba.

—¡No verte más!... Si cuando huyo, Dios me trae otra vez aquí. ¡No verte más!... ¡Me arrancaré los ojos antes que obedecerte!

—Se ve mejor con el pensamiento que con los ojos. Tú me aconsejaste que hiciéramos ambos un sacrificio, ¿por qué te opones ahora?

—Porque mi Dios me impulsa hacia tí, y me dice: «Anda y tómala, que es tuya y lo será por los siglos de los siglos.»

—¿Quién es tu Dios?

—El tuyo. No hay más que uno.

Gloria sintió que á borbotones manaba de su alma la sensibilidad. No pudo contenerla.