—Adiós, adiós—exclamó Gloria llevándose las manos á la cabeza, y huyendo hacia la casa.
—Aguarda—dijo Daniel, corriendo tras ella.
Gloria entró y quiso cerrar la puerta; pero Morton, impidiendo con enérgica mano su movimiento, entró también.
XXXVI
¡Qué horrible tiempo!
—¡Qué horrible tiempo!—refunfuñó Francisca.—¡Si parece que se va á acabar el mundo!... ¡Jesús! el viento ha apagado la luz de la escalera... ¡Cómo golpean las puertas! Roque, Roque.
A la voz de la venerable criada, que avanzaba por el fondo del pasillo bajo, Roque apareció soñoliento.
—Hombre, muévete—dijo Francisca andando casi á tientas hacia la escalera.—Jesús, María y José... ¡qué miedo! Si me parece que he visto una sombra, un bulto escurriéndose por la escalera arriba...
—Usted ve visiones, señora Francisca.