—Entonces... dí, ¿qué palabras hay para vituperarte?... ¿Cuál es mi suerte ahora?... Veo que en tu religión no hay conciencia.

—Puedes leer en la mía como en un libro.

—No hay la admirable virtud del arrepentimiento.

—Si este es el dolor y la vergüenza que causa el pecado, yo puedo decir: «Señor, estoy encorvado, estoy humillado en gran manera... mi dolor está delante de mí contínuamente.»

—No hay abnegación, no hay la confesión de los pecados.

—Sí, porque yo digo: «Mis iniquidades han pasado mi cabeza: como carga pesada se han agravado sobre mí. Por tanto, denunciaré mi maldad, congojaréme con mi pecado.»

—¿Dices que lea en tu conciencia?—repitió Gloria.—No, no puedo leer nada en ella. Todo lo veo obscuro como la noche, como mi infamia, como estas tinieblas en que he caído para siempre. Arrodíllate delante de ese Cristo, y creeré cuanto me digas.

—No delante de ese profeta crucificado, en quien no creo, sino delante de tí, á quien adoro, me humillaré—dijo Morton arrodillándose y besando las manos de Gloria.—¡Que mi padre me maldiga y me arroje de mi casa si no te muestro ahora mi conciencia toda, tal como es, y si te oculto mínima parte de la verdad! Yo te ví, y desde que te ví te amé. Creí desde luégo que mi naufragio era providencial y que Dios te destinaba á ser mía. ¿Quién sabe sus designios? ¿Quién lee en su libro? Mi creencia en El es grande y fuerte; en todo le veo, y cuando falto á su ley, más terrible pero más claro se me aparece... Hice para tí un misterio de mi religión y procedí con egoísmo, porque conociendo el horror que inspiramos á los católicos, no quería destruir con una palabra la felicidad de que inundabas mi alma. Sabía que no me podías amar conociendo mi religión, y callé... Cuando quise hablar, ya no era tiempo, te quería demasiado, estaba cogido en las redes de un insensato amor; parece que mi vida toda dependía de tí en el alma y en el cuerpo, y descubrirme equivalía al suicidio... Entonces pensé en los medios para conseguir una unión perpétua contigo; pero el problema religioso me espantaba, me volvía loco, me aturdía más que los mil truenos del Sinaí y que todas las venganzas de Jehová... Al fin comprendí que no había solución. Nuestro amor era una contradicción horrible entre Dios y la Humanidad, un absurdo espantoso, la idea absoluta de la irreconciliación; y al entenderlo así, retrocedí y saqué fuerzas de mi espíritu para la separación que te aconsejé. Huímos el uno del otro, porque no teníamos más remedio que separarnos, como la noche y el día... Hasta aquí no es tan grande mi maldad.

—Pero después...

—Después... Yo no había pensado quebrantar mi resolución. Con el alma destrozada me disponía á abandonar para siempre este suelo, cuando los incidentes producidos por una obra de caridad, que carece de importancia y mérito, me obligaron á volver. Yo no sé cómo vine á tu casa; pero no creo en la fatalidad, y según mis ideas, nada pasa sin la voluntad expresa del que con sus dedos hizo el mundo y formó los astros y las almas. He sido juguete de misteriosas fuerzas. Dios me envió, sin duda, para probarme y conocer el temple de mi espíritu. Caí; no tuve rectitud; caí, como cayó David; he sido un malvado, ¿qué quieres? pero te amo, te amo, y esto me disculpa ante Dios y debe disculparme ante tí. Mi pasión ha sido más fuerte que yo... Confieso mi crimen... Yo no protesto. Pero quita de en medio la funesta disparidad de nuestras creencias, y verás cuán gran parte quitas á mi iniquidad.