—¿Me cree usted capáz de mentir?

—No señor, ni por pienso.

—¿De embrollar, de calumniar, de levantar catálogos?

—Nada de eso.

—Pues oiga usted la advertencia de un hombre honrado que le estima, que se interesa por la honra de su casa.

—¡Por la honra de mi casa! D. Juan—exclamó Lantigua con enojo,—¿qué quiere usted decir?

—Sólo los ojos de marido no son ciegos. Sónlo también los de los padres bondadosos y confiados.

—No comprendo...

—Pues acabaré de una vez. Debe usted vigilar mucho, pero mucho á su hija.