—Pero haremos bien en guarecernos dentro de la casa, porque llueve, amigo Lantigua—indicó Amarillo.
En efecto, llovía. Todos se metieron dentro huyendo del agua, y los criados de D. Silvestre retiraban á toda prisa mesa y vajilla expuestas á la intemperie.
—Esto pasará pronto—dijo el padre de Gloria mirando al cielo.
—Yo creo—manifestó Romero—que tendremos una segunda edición de aquel famoso día, cuando sacamos á los náufragos de á bordo del Plantagenet. ¡Qué día, señores! Aquello sí que era llover, aquellas sí eran olas... Yo, lo confieso, tuve miedo...
—Vámonos—dijo de improviso el señor de Lantigua, indicando en su rostro una gran impaciencia.
—¿Lloviendo?... Por Dios, D. Juan, ¿qué prisa hay?
—Yo me quiero marchar. Peor será esperar á que llueva más y á que se haga enteramente de noche.
—Como tú quieras—dijo D. Angel.
Don Silvestre mandó enganchar el coche de Lantigua.