II
Lo que dijeron.

—¿Tampoco hoy ha querido salir?—preguntó D. Buenaventura.

—Tampoco—repuso Serafinita sin levantar la vista de su obra.—¡Pobrecilla!... Hazte cargo, Ventura, de cómo estará su espíritu. Ni sé yo cómo vive, ni sé cómo no ha muerto de tristeza, de dolor, de vergüenza.

—Pues es preciso—dijo él con entereza,—que no muera de ninguna de esas tres cosas, sino que viva.

—¡Vivir!—exclamó doña Serafina suspirando.—Sí, ese es nuestro deber. ¡Ay! para algunos es una obligación bastante pesada... Comprendo la angustia de esa infelíz hija de mi hermano, ¡pobre flor tronchada por el bárbaro pié del asno, que en un momento de descuido entró en el jardín!... No, no he conocido en mi ya larga vida ejemplo semejante, ni hay otra caída que á ésta se iguale, como no sea la de Satanás... Y no me digas que tiene remedio en el orden mundano, Ventura. Tú has perdido el juicio, y si insistes en que esto puede arreglarse...

—Para todo hay remedio en el mundo—replicó D. Buenaventura tomando una silla de hierro y sentándose frente á su hermana.

—Ventura—dijo Serafinita alzando los ojos de la obra negra,—recuerda bien lo que nos manifestó nuestro bendito hermano al partir para Roma en Enero.

—Lo recuerdo bien.