—Todos los habitantes de esta humilde villa—dijo,—sienten la más viva alegría al ver á Usía Ilustrísima en el seno de esta humilde villa, y esperan que la presencia de Usía Ilustrísima en esta humilde y honrada villa sea anuncio felicísimo de paz, origen de concordia, y señal de bienes sin cuento...
Y más adelante, cuando se serenó un poco, y pudo con desembarazo echar fuera los pensamientos que traía almacenados en su mente, agregó esto:
—¡Benditos nosotros que vivimos ausentes de los escándalos que pasan allá donde la corrupción y la irregularidad tienen su asiento! Lo que llega á nuestros oídos nos hace estremecer. El Sr. D. Juan profetizó en aquel su célebre discurso los fuegos de Nínive, y los fuegos de Nínive que ya cayeron sobre Francia, caerán también sobre la católica España y la abrasarán y podrá decirse de ella: «Pereció su memoria con el sonido» periit memoria ejus cum sonitu.
Y después:
—Antes se había entibiado la religiosidad; pero ahora se ha perdido por completo en la mayor parte de las personas, y las que aún saben dirigir sus almas al cielo, se ven perseguidas, amenazadas por la caterva brutal de filósofos y revolucionarios. Los hombres que gobiernan al país predican públicamente el ateísmo, se burlan de los Santos Misterios, insultan á la Virgen María, denigran á Jesucristo, llaman bobos á los Santos, y mandan demoler las Iglesias y profanar los altares. Los ministros del Señor hállanse hoy en la condición más precaria: se les trata peor que á los ladrones y asesinos: el culto sin decoro ni magnificencia, á causa de la general pobreza de la Iglesia, entristece el ánimo. Los hombres no piensan más que en reunir dinero, en reñir los unos con los otros y en disputarse el gobierno de las naciones, que al dejar de ser guiadas por la política cristiana y único gobierno posible, que es el de Cristo, marchan con paso ligero á su disolución y total ruína.
Don Silvestre no quitaba los ojos, mientras hablaba, de D. Juan de Lantigua, como preguntándole: «¿Qué tal lo hago?» Pero el insigne jurisconsulto fué la única persona que no se mostró entusiasmada con el discurso del cura, sin duda por no creerlo ni nuevo ni oportuno; que todas las ocasiones no son propias para decir verdades. El doctor Sedeño, que era un poco enfático, dijo también algo coruscante sobre la ruindad de los tiempos; pero á pesar de su mérito no ha llegado el texto á nuestras manos.
—Malos son los tiempos—dijo Su Ilustrísima, dirigiéndose principalmente al cura y á Barrabás, que muy azorado no decía palabra;—pero Dios no abandonará á los suyos en medio de la tempestad que se acerca, ni faltará un arca para los que viven en él. Oremos sinceramente, señores; la oración es antídoto celeste contra la epidemia del pecado que por todas partes nos rodea; oremos por nosotros, y por los que cierran sus oídos á la voz de Dios y sus ojos á la luz de la verdad. Fervor y piedad constantes en los que creen pueden atraer sobre la tierra especiales favores del cielo. Te, domine, custodies nos a generatione hac in æternum. «Tú, Señor, nos salvarás y nos guardarás de esta generación para siempre.»
Al llegar aquí, el prelado fijó sus ojos con expresión de gran benevolencia en el joven seglar que había traído consigo y presentándole á sus amigos, habló así: