En aquel instante empezaba la sublime ceremonia de la bendición de las palmas, y el coro cantaba: Hosanna filio David. Benedictus qui venit in nomine Domini. ¡Oh Rex Israel! Hosanna in excelsis.
Estas palabras resonaron en el alma de la joven como atronador llamamiento, y se sintió confundida ante una superior grandeza. Detúvose junto á la pila de agua bendita sin poder dar un paso. D. Buenaventura, tomándole la mano, le dijo:
—Si quieres, ven conmigo al altar mayor para que veas el Salvador, puesto ya en sus andas para salir esta tarde.
—No, no quiero verle—repuso Gloria con súbito terror dejando caer la cabeza sobre el pecho.
Don Buenaventura, al tomarle la mano, notóla fría y temblorosa.
—¿Qué tienes?...—le dijo.—¿Estás mala?... Siéntate... Has hecho un esfuerzo demasiado grande viniendo de casa aquí. Yo voy á sentarme en los bancos del centro. Vete á nuestra capilla.
El subdiácono había empezado á cantar la dramática relación del Exodo: «Y llegaron á Elim, donde había doce fuentes de agua y setenta palmas; y asentaron allí junto á las aguas.» Este sublime capítulo mosáico, contiene las murmuraciones de los israelitas contra Moisés por haberles llevado al desierto después de pasar el mar Rojo, la escaséz que sufrieron, y óyese la tremenda voz de Jehová que les dice: Ecce ego pluam vobis panes de cœlo. «Hé aquí que os haré llover pan del cielo.»
Gloria conocía perfectamente estos cantos y toda la serie de interesantes ceremonias de aquel clásico día. Sabía que la salida de Egipto era la redención, el maná la gracia, y contemplando en su espíritu tan maravillosas ideas, trataba de regocijarse en ellas.
—Iré á nuestra capilla—dijo á su tío.
Aún tardaron algún rato en separarse. D. Buenaventura se dirigió á los bancos del centro donde estaban las autoridades, mientras Gloria entraba en su capilla, cuando el diácono cantaba la Sequentia. En la capilla de Lantigua había muchas mujeres. Gloria creyó encontrar allí á su tía; pero ésta había ido á la capilla de los Dolores. Entró la señorita sin mirar á las que, de rodillas ó sentadas en los bancos, asistían devotamente al parecer á la piadosa ceremonia. Si Gloria hubiera atendido más á lo que ocurría á su alrededor que á lo que pasaba en su espíritu, habría visto que desde que entró en la capilla fué observada con impertinentísima atención por las fieles; que entre todas distinguíase una por su indiscreto reconocimiento de las facciones y del vestido de la desgraciada huérfana. Después oyóse en la capilla sordo cuchicheo de murmuraciones y susurrantes comentarios, el cual, empezando por un rincón, se fué extendiendo hasta agitar todo el conjunto de negros mantos. Uníanse unas á otras las cabezas; buscaban los movibles labios el oído; inquietábase el rebaño, y por último sonaron también las almidonadas faldas al levantarse tal cual oveja que padecía gran desasosiego. Gloria no alzaba los ojos de su libro de rezos. Si los alzara habría visto á Teresita la Monja acompañada de sus tres sobrinas, las hijas del escribano D. Gil Barrabás. Pero sí advirtió que la señora de Amarillo se levantaba, y dando terminante orden á las niñas, salía con ellas de la capilla.