XI
Un asunto grave.
Rafael del Horro vivía en casa del cura, y todos los días, bien al almuerzo, bien á la comida, se personaba en casa de Lantigua, llevado del afán de hablar con Gloria. Una mañana, antes de que el aguerrido campeón de Jesucristo pareciese por la casa, D. Angel, que acababa de llegar con Gloria de la Abadía, donde había celebrado la misa, dijo á ésta:
—Tu padre está en el jardín y quiere hablarte; ve.
Gloria corrió al jardín, donde estaba don Juan en pié, con las manos á la espalda, inspeccionando los materiales que habían traído para componer la capilla. Fueron ambos á sentarse en un apartado y umbroso sitio que abrigaban corpulentas magnolias y otros árboles. Un sol tibio calentaba el jardín, convocando en el espeso verdor de éste á toda la república de pájaros vecinos que entraban y salían por diversas partes jugando y charlando. D. Juan miró con afectuosos ojos á su hija, y le habló así:
—Por lo mucho que te quiero, voy á enterarte de un asunto que interesa mucho á tu porvenir y á tu felicidad. Si se tratara de una jovenzuela de esas que no poseen tu buen juicio ni tu rectitud, seguramente el camino que debía seguirse sería distinto; pero tú no eres como las demás, y yo tomo la senda más breve. Creo, hija mía, que ha llegado la ocasión de que te cases.
Gloria se quedó absorta; quiso hablar, y no se le ocurrió nada digno de ser dicho en tan crítica ocasión y ante la majestad imponente de D. Juan, en quien veía entonces juntas las dos personas de su padre y de su tío.
—Sí—prosiguió Lantigua.—Lo que en otra clase de personas es cuestión difícil, aquí es problema facilísimo, y puede resolverse con honra y contento de todos. Una joven que no ha entretenido su edad florida en noviazgos indecentes, ni con necios amoríos de balcón ó de tertulia, es el tesoro más preciado de una honesta familia. Esa joven eres tú. Tu carácter bondadoso, dócil, tu educación cristiana y hábitos humildes, tus pensamientos, que si alguna vez han sido soberbios, después se han sometido al yugo de la autoridad, me mueven á hablarte de este modo, seguro de que tus ideas se acordarán con las mías y tu sentir con mi sentir.
La señorita quiso de nuevo hablar algo, aunque fuera para dar su asentimiento; pero nada de lo que vino á su mente le pareció digno de la gravedad del caso, por cuya razón hubo de callarse.
—¡Qué seria te has puesto!—dijo el padre;—y también pálida. Así me gusta. Una muchacha casquivana y ligera habría sonreído y soltado por la boca mil palabras torpes ó fútiles; pero tú comprendes que el asunto de que trato es una piadosa unión por toda la vida, un Sacramento instituído por Dios, el paso más difícil y más delicado de la existencia, y sólo la idea de avanzar el pié para darlo debe suspender el ánimo de la mujer cristiana.