—Muy bien, muy bien—dijo Lantigua radiante de satisfacción.—¿Ve usted cómo nos acercamos? ¿Qué queda entre nosotros?... El culto, la forma, la liturgia, un fantasma, señor Morton.

—¡El culto!...—exclamó Daniel solemnemente.—¿Y á eso llaman ustedes fantasmas? Para ustedes lo será, para mí no.

—¿Es posible que quien piensa como usted piensa, dé valor...?

—Sí, doy valor al culto, y valor inmenso.

—¿Por qué?

—Porque es nuestra nacionalidad. No tenemos patria geográfica y nos la hemos formado en la comunidad de prácticas religiosas y en la observancia de la ley. Por razón de nuestro estado social, nosotros tenemos más íntimamente confundidas que ustedes la patria, la familia, la fe. Para ustedes la religión no es más que la religión; para nosotros además de la religión, es la raza, es una especie de suelo moral en que vivimos, es la lengua, es también el honor, ese honor de que usted me ha hablado y que en nosotros no se concibe sin la consecuencia, sin la constancia en amar una fe augusta y venerable, por la cual somos escarnecidos.

—Todo eso es de forma; al fondo, al fondo—dijo Lantigua con impaciencia.—Usted demuestra creer que su religión no es en lo moral superior á la mía.

—Lo es por la antigüedad y por la sencilléz. Creo firmemente que cuanto Dios ha revelado al hombre está en mi ley. Todo lo demás es postizo. No aborrezco al cristianismo por falso ni por malo, sino por cruel é inútil.

A D. Buenaventura se le vinieron á la boca mil argumentos terribles, abrumadores, sin réplica; pero se contuvo antes de enunciarlos, y llenándose de paciencia, siguió escuchando.

—Hay razones históricas y sociales—añadió el hebreo,—razones terribles, amigo mío, para que nuestra abjuración sea más deshonrosa que la de otro hombre cualquiera.