—¿Tendremos temporal?—preguntó don Angel.
El cura miró al cielo y al horizonte. Parecía que olfateaba las vías aéreas, inquiriendo el rastro de las tempestades.
—Tendremos vendaval esta tarde—afirmó, echándose atrás el manteo, prenda para él de grandísimo estorbo, pero que no podía menos de usar mientras acompañase al prelado.
—Hombre de Dios—dijo éste con festivo disgusto;—¿se empeñará usted en aguarnos el paseo?
—Don Silvestre—manifestó el padre de Gloria,—se deja atrás á los mejores barómetros conocidos.
Romero extendió la mano hacia el Noroeste, señalando un cerro aplanado cuya falda tocaba el mar y que tenía por nombre la Cotera de Fronilde.
—Infalible—dijo.—Hay celaje allí, y no puede fallar la sentencia que dice: Fronilde nublada, Ficóbriga mojada.
—Pues pica el sol—indicó el obispo.
—Otra señal de próxima lluvia, Ilustrísimo Señor...
—En fin, ¿bajamos ó no á la playa?