Oprimióse la frente con ambas manos, como si quisiera sujetar una idea que se le escapaba, y detener aquel remolino horrible de su pensar; pero no pudo sustraerse á un razonamiento que le anonadó:

—¡Mi padre!... No, desde que adopte esta resolución ya no tengo padre, ni madre, ni amigos... No quiero pensar en su enojo, en su soledad. En mi familia se llora al hijo muerto; pero al renegado... al renegado se le mirará como si no hubiera nacido. La imagen de mi madre, que es personificación sublime de la consecuencia israelita, me abruma más que mil razonamientos incontestables... ¡Mi madre, de cuyos brazos escapé en silencio para venir aquí; mi madre que ha de venir en mi seguimiento para detenerme; esa mujer que adora en mí el orgullo de su raza y que morirá de seguro cuando sepa...! No, no mil veces, esto no puede ser, no será. Si es imposible, si es como beberse toda esa agua que tengo delante, si es como decirle á la marea: «no subas más»... ¡Oh, Dios mío! ¿por qué me criáste si sabías que había de llegar esta hora?

Levantóse frenético, y agitando los brazos, vuelta la cara hacia al cielo, gritó desaforadamente:

—¡Oh, Señor, Señor, yo digo que tu obra no está bien así!

El día había avanzado considerablemente sin que él lo notase, y las risueñas horas de la mañana viniendo unas en pos de otras, derramaban claridad y alegría sobre los campos, reverdeciendo las húmedas praderas. El día era tan bello y apacible cual si la Naturaleza, sensible al enigma de la Redención, quisiera también celebrarlo. El aire que mecía los árboles, las nubes que pomposamente discurrían por el cielo con grave paso, dándose unas á otras la mano, el mar sonoro y las flores, que por todas partes presentaban sus lindos rostros á las caricias del sol, todo, todo estaba de fiesta en aquel día.

Bajando á la playa, recorrióla toda lentamente. Parecía que contaba las arenas. Después se arrojó al suelo y contempló el mar que bajaba, recogiendo sus láminas de espuma de minuto en minuto. La perplejidad continuaba, y el péndulo seguía su atormentador movimiento. Pero al fin, ya cerca de medio día, el extranjero se levantó. Dióse un golpe en la frente, y mirando al cielo, dijo con la firmeza propia del que ha tomado una resolución:

—Al fin, al fin, ya sé lo que debo hacer.


XXI
Jueves Santo.