—Sí, hija, es como una castaña. ¡Y qué luces! Si parece un faro. Así los tendrá ella por docenas y las perlas por almudes.

—Como que dicen que posee esta gente tantos duros como horas han pasado desde que Dios hizo el mundo... De veras te digo que me ha gustado esta señora. Bien dice Bartolomé que en todas las religiones se sirve al Señor... Sabe Dios lo que tendrán ellos en su conciencia... Puede que sean cristianos y no lo quieran decir por no dar su brazo á torcer.

—Yo me lo figuro así.

—También yo.

—Es natural que quiera conocer á las personas principales de todo pueblo que visita—dijo Teresita, cuya cara brillaba ya como un botón de guardia civil en día de gala.—En seguida que oyó hablar de la señora del alcalde... Era natural... Hé aquí una señora inteligente que en cuanto llega á un pueblo, atisba á las personas formales... Vamos, gracias á Dios que llega á Ficóbriga un forastero y no pregunta por la casa de Lantigua, exclamando: «¡Oh! ¡los Lantiguas!...» ¡Gracias á Dios que no se nombra para nada á los virtuosos, á los sabios, á los ilustres Lantiguas!... Voy corriendo á casa... Pensaba alcanzar un pedacito de Lamentaciones; pero ¿quién piensa en eso esta noche? Es preciso preparar todo... Mi casa no es una choza, y esperando yo una visita de importancia... Ya no te puedo prestar la vajilla, Isidora.

—Pues qué ¿vas á darle un convite?

—No; pero bueno es que la loza esté allí, en alguna parte donde se vea... Juan mandará que los dos alguaciles se pongan en la puerta... y la pareja de guardia civil... Adiós, adiós.

—Yo me estaré en tu casa todo el día—dijo la Gobernadora.

—Mandaré á buscar á mis sobrinas... En fin, adiós... Me desespera tener una casa tan vieja. Compre usted buenos muebles... Todo se desluce en aquel caserón. Si yo tuviera el palacio de Lantigua, como es justo y razonable... En fin, adiós, adiós.