Don Buenaventura manifestó que para acelerar en lo posible la solución, declarase aquella misma tarde Daniel su propósito en presencia de toda la familia reunida. Mas el virtuoso prelado dijo que no quería privarse de oir el sermón de la Soledad, que D. Silvestre predicaría aquella tarde, y que el día siguiente, Sábado Santo, día señalado por la Iglesia para la admisión solemne de los catecúmenos, era el más propio.
—¿Temes que esa doña Esther contraríe su buen propósito?—añadió.—Si su conversión es sincera, no hay que temer. No hay vigor que se iguale al de un alma iluminada por los destellos de la gracia divina y que se decide á echarse fuera de las tinieblas. Ni madres, ni padres, ni abuelos pueden nada contra un alma que ha visto la salvación y corre hacia ella.
Otras cosas santas y bellas dijo el cardenal; mas no son del caso. D. Buenaventura corrió á casa del hebreo á quien no encontró, ni tampoco á su madre, que había ido con la señorita de compañía á visitar ¡cosa inaudita! al señor de Amarillo y su esposa. El único de la raza que estaba allí era Sansón, preparándose, por más señas, con ayunos y mortificaciones, como muy devoto que era, para la celebración de la Pascua rabínica. A ratos leía el Salterio en alta voz con gestos que hacían reir á todos los de la casa, y como esto gastaba sus poderosas fuerzas, se confortaba al punto con cuatro ó seis chuletas como ruedas de carro y botellas de cerveza.
Después de buscar á Daniel por todo el pueblo, D. Buenaventura le halló en casa de Caifás, circunstancia que no dejó de causarle extrañeza. Informóle del plan de D. Angel, teniendo el gusto de que el hebreo lo creyese acertado por todos conceptos. De nuevo hizo protestas de la firmeza de su propósito, asegurando que la intervención y los halagos de su madre no le harían vacilar.
Con todas estas cosas hallábase el generoso Lantigua muy satisfecho. Pero enturbiaba ligeramente su gozo la idea de la mala salud de Gloria, cuya naturaleza en los últimos días padecía frecuentes accesos febriles, en los cuales alternaba con el agotamiento de las fuerzas una actividad abrasadora y una como acumulación de vida, que se salía á borbotones por los ojos, mirando, y por la boca, hablando. D. Nicomedes, médico titular de Ficóbriga, á quien encontró aquella tarde, le hizo una pintura hipotética, no muy lisonjera, del estado en que á su parecer debían de hallarse el corazón y el cerebro de Gloria. Era el tal hombre excelente y muy sabio, soldado viejo de las batallas contra la muerte, y vivía en pueblo tan obscuro por amor á la soledad y porque se había cansado de ganar dinero en las grandes poblaciones. Tenía vivísimo afecto á los Lantiguas, y era decidor algo extravagante. Pasaba por librepensador, aunque iba á misa, y se le veía en perenne paseo por aquellos campos, ya contemplando la Naturaleza, ya de cabaña en cabaña, sin más compañía que la de dos séres para él muy queridos, un perro negro y un paraguas azul.
Este hombre benéfico se alegró mucho cuando D. Buenaventura le dijo que las cosas iban á buen andar por el camino del casorio, y expresó en breves palabras su pensamiento, asegurando que la dilatación moral salvaría á la enferma; pero que la contracción la mataría. Condenó el misticismo como la más perniciosa congestión espiritual que podía sobrevenir á la enferma, y el descargo de un enorme peso del alma le pareció excelente antiflogístico. La paz, el contento y el amor humano, en su esplendente y natural desarrollo, armonizado con el divino, le parecieron admirables emolientes.
Tranquilizado con este dictamen el buen tío, se dirigió á su casa, no sin prestar antes frívola atención á los rumores que en toda aquella tarde ocuparon á Ficóbriga, robándole hasta la devoción propia de tan luctuoso día... ¡Sí; madama Esther había visitado á D. Juan Amarillo y á su esposa! ¡Y ella y él la habían recibido, á pesar de ser Viernes Santo! ¡Y estaban en la casa las sobrinas de Teresita y la Gobernadora y otras muchas damas de lo más principal y florido de Ficóbriga!... ¡Y la casa parecía un ascua de oro!... ¡Y madama Esther se había mostrado muy amable, muy cariñosa con D. Juan y con Teresita!... ¡Y se decía que madama Esther, quitándose del dedo un anillo con brillante de gran tamaño lo había ofrecido á la señora de Amarillo, que después de rehusarlo cortésmente, se dignó tomarlo!