—Si tu terquedad—dijo Esther en alemán con serena voz,—no cede, como espero... si la autoridad de tu padre, la mía, tu decoro y la fidelidad que debemos á nuestra Ley no significan nada en tu espíritu, padeceré desde mañana el más grande dolor de mi vida, porque mi querido hijo primogénito habrá muerto.

—No, madre, esto no es morir—dijo Morton lúgubremente.—Quiero resucitar á esa pobre mujer que adoro. Lo he decidido, después de meditarlo mucho. He formado un propósito que ninguna razón, ningún afecto podrán detener.

—Pues yo he venido á impedir ese propósito. Cuando huiste de nuestra casa hace quince días, saliendo de ella sin decirnos nada, comprendí que venías á este horrible pueblo. Al punto tuvimos el presentimiento de que ibas á consumar una gran locura. Tu padre quiso venir... Disputamos, vencí yo. Al partir hice juramento de arrancarte de aquí... Yo volveré quizás sola y llena de luto, volveré tal vez sin tí á nuestra casa; en este caso le diré á tu padre: «Nuestro hijo ha muerto.» No tendré valor para decirle: «Nuestro hijo es cristiano.»

—Ese valor que á tí te falta lo he tenido yo—repuso Daniel mostrando en su semblante desencajado una serenidad heróica.—Hago esto por convicción, no por despecho ni por capricho. He trazado á mis acciones un plan, y este plan se cumplirá, porque debe cumplirse; ¿lo entiendes, lo entiendes, madre?

Esther miró estupefacta á su hijo, como si deseara hallar en el semblante de él la aclaración de tenacidad tan abrumadora.

—Bien—dijo al fin, conociendo que su hijo no cedería atacado de frente;—haz tu gusto; realiza esa gran locura; desprecia el amor de tus padres, de tus hermanos; olvida todas las leyes, la ley santa de Dios y las de la sociedad, el decoro, el deber, la estimación; despréciate á tí mismo y envilécete más. Nosotros, traspasados de dolor por la pérdida del que fué nuestro amado hijo, te lloraremos muerto, no te lloraremos apóstata, porque apóstata no te podemos llorar, porque un renegado no puede ser, no puede haber sido nuestro hijo.

—Siempre lo soy y lo seré. No cambiaréis las leyes de Naturaleza—dijo Morton sobreponiéndose á su amargura.—Aunque no lo queráis, vosotros me amaréis siempre, como yo os amo.

—¡Daniel, Daniel—exclamó Esther con solemne acento, levantándose,—ya no tienes madre! Si la tienes, si la quieres tener, yo no lo soy. Me avergüenzo de haberlo sido. En hora menguada te dí á luz, y de aquella triste hora debe decirse: «Aféanla las tinieblas y sombra de muerte.»

—Cruel, engañas á tu corazón con palabras estudiadas—afirmó el joven con brío.—No podrás, aunque lo quieras, ser dueña de tus sentimientos de madre, y me amarás aunque sea en silencio; me consagrarás todos tus pensamientos, me tendrás siempre en la memoria, aunque sólo sea para orar por mí. Antes que hubiera religiones, hubo Naturaleza...

—No puedo tener serenidad—dijo Esther con grandiosa ira;—no puedo. ¿Por qué te deshonras, por qué te haces cristiano?