Su terror aumentó, y con su terror el afán de huir. Pasaba de una capilla á otra... Casi estuvo á punto de pedir auxilio. Creyó ver los altares corriendo también, y oir á los santos gritar: ¡socorro!... Detúvose al fin; trató de serenarse, mirando hacia atrás y á todos lados con observación atrevida que disipase las absurdas aprensiones. Pero no pudo tranquilizarse por completo, y su corazón se contraía recogiéndose, como la sensitiva cuando la tocan. Creíase tocada por una mano invisible.
—¡Qué nerviosa estoy!—dijo tratando de sacudir el miedo.
De pronto sintió una alegre voz de muchacho. Por la sacristía apareció corriendo uno de los hijos del sacristán.
—Sildo, Sildo—gritó Gloria,—ven acá.
—¡Ah!... la señorita Gloria—dijo el muchacho acudiendo á ella.
—Ven acá: dame la mano.
—Voy á cerrar las puertas; se ha metido un aire, que... ya, ya. ¿Quiere usted salir?
—No, parece que llueve mucho. Esperaré.
Poco después, Sildo la guiaba á la sacristía.