—¡Jesucristo!... ¡Siempre ese nombre!...

—¡Siempre! Sé que entrarás en su reino, y ese es mi consuelo, la idea que me ha salvado de la desesperación y del infierno, proporcionándome una dulce muerte, la purificación de mi alma, y la seguridad de mi entrada en el Cielo. Por esa idea, la muerte es dulce para mí, y ella basta á llenar de gozo mis últimos momentos.

—Por Dios, no hables de morir... Vivirás y serás mía. Dame la mano.

—El corazón te doy—dijo Gloria con la voz más divina que puede oirse, tomando la mano de su amigo y oprimiéndola contra su pecho.—Desde que al nacer dió el primer latido fué tuyo. Te amó judío lo mismo que te habría amado cristiano, porque te amó en Jesucristo para quien todos los hombres son iguales. Esposo... te doy con la boca el mismo nombre que hace tiempo y á todas horas te doy con mi pensamiento... He vivido en tí y en tí muero.

—Y sin embargo, cruel, tuya es la culpa de nuestra separación, porque siendo sin saberlo cómplice de mi madre, has desbaratado juntamente con ella mi proyecto.

—Lo he desbaratado porque hubiera tenido sobre mi conciencia la desesperación de tu madre. Al verla dije: «antes moriré que poner discordia entre un hijo y una madre.» Además tu conversión no era sincera. Sobre todas las cosas me cautivaba en aquella hora la idea de que este horrible conflicto en que se encuentran nuestras almas no había de concluir sino por un gran sacrificio, y de que ese sacrificio debía hacerlo yo... Y no dará sus frutos en este mundo miserable, sino en otro, allá donde brotan y se alzan, llenas de aromas y bellezas, las flores cuya semilla hemos arrojado aquí.

—Yo admiro tu sacrificio, pero no lo comprendo—afirmó Daniel con amargura.—Esa solución de que hablas, ¿dónde ha de ser realidad?... ¿en ese horrible convento donde te encerrarás desde mañana?

—No... en el Cielo—repuso Gloria con angelical sonrisa.—Me alegro de que la muerte me impida ir al convento. Así es mejor, mucho mejor. En el convento me habría sido imposible convertir el amor que te tengo en la pasión mística que mi tía me recomienda como modelo de perfección cristiana, me habría sido imposible olvidar á mi hijo y dejar de consagrarle todas las horas. De este modo, muriendo después de haber renunciado á todos los goces, creo haber llevado bastante mi cruz, y expiro confiando en que Dios ha de salvarnos á los dos.

—¡No, tú no morirás, Gloria, no morirás todavía!—exclamó Daniel besando su frente;—pero si murieras, tu muerte sería un suicidio, habrías sucumbido á esa insensata mortificación moral, á esa bárbara renuncia de bienes legítimos. ¡Pobre ángel extraviado! Has estado matándote lentamente, día tras día. El padecer será meritorio; pero el padecer por el padecer no puede ser una religión. Sacrificas un porvenir que podría ser risueño, ahogas una familia naciente. Siempre que se puede hacer el bien, debe hacerse en vida, mayormente si se hace también á los demás. Tú, impidiendo que nos entendiéramos, impidiendo que nos uniéramos en vínculo civil, para poder llegar á la reconciliación de nuestras ideas, te has matado á tí propia y me has matado á mí, y difieres nuestra dicha y nuestra unión para la otra vida, pudiendo haberla realizado en esta. Te entrometes en la obra de Dios, querida.