—Ellos no tendrán frío como nosotros—repuso el sacristán.

—Es verdad; pero somos tan materiales, estamos tan apegados á la tierra, que no podemos pensar nada del alma si no lo referimos al cuerpo.

Sopló de súbito otra racha del Noroeste tan fuerte, que los dos viajeros tuvieron que detenerse. A Caifás se le volvió el paraguas del revés, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para defenderlo del viento que quería arrancárselo de las manos. Una rama arrastrada por el huracán pasó rozando el rostro de Gloria. Después la lluvia les azotó á entrambos con furia.

—¡Jesús, Dios nos favorezca!—exclamó.

Lívida claridad iluminó á Ficóbriga, y Gloria vió una cinta de fuego bajar culebreando hasta los techos de la villa, á punto que el trueno retumbaba en los altos cielos llenos de agua.

—¡Un rayo!—gritó con angustia.—Caifás... ¿no te parece que ha caído en mi casa?

Detúvose espantada y sin aliento mirando hacia Oriente; mas en la negrura de la noche no se distinguían con precisión los edificios.

—Por allá parece que cayó... pero mucho más lejos. No tenga la señorita cuidado; ha caído en la ría.

—Corramos, Caifás; me he quedado muerta. ¡Dios mío, qué nerviosa estoy esta noche! Juraría que el rayo cayó sobre mi casa.

—Es el hombre que ha bajado del cielo—dijo Mundideo riendo;—el hombre con quien yo soñé.