A la izquierda de la boca de la ría había una serie de rocas que se mostraban completamente en marea baja, y en la pleamar eran indicadas por movibles espumarajos del agua. Uno de los peñascos tenía forma parecida á un camello, y de aquí vino el nombre dado á todo el arrecife.
—¡Jesucristo les ampare! ¡Pobres marinos!—exclamó el obispo, asomándose también á la puerta. ¿Conocen ustedes ese barco?
—Es inglés—indicó un marinero.
—Ya; es el Plantagenet—dijo un forastero de los que á la sazón se guarecían allí.—Le he visto la semana pasada atracado en los muelles de Manzanedo descargando carriles.
—¿Y se perderá, se perderá?—preguntaron con ansiedad D. Juan, D. Angel y los demás de la partida.
—Debe de haber perdido el timón, y no puede gobernar—dijo un robusto y hermoso marinero, que vestía grueso camisón de lona, pantalones recogidos dejando ver toda la pierna desnuda, y cubría su varonil cabeza de Neptuno con un sueste de hule que por todos sus bordes despedía el agua.
—¡Pero se ahogará esa pobre gente!—exclamó con terror el Sr. de Lantigua.—Germán, es preciso hacer un esfuerzo.
—Señor, es ir á buscar la muerte, señor—repuso Germán llevando la mano á la delantera del sueste.
El Plantagenet, mientras de este modo se discutía sobre su suerte, se acercaba más á Los Camellos. Arrojaba el vapor silbando con verdadera rabia, como lanza su grito el animal herido que presiente la muerte. Era un buque pesado y sin elegancia, como nave de carga. Su casco parecía un almacén negro, y su arboladura sin garbo ni esbeltéz consistía en tres palos con escaso cordaje. Tenía dos vergas en el palo de trinquete, y en el de mesana, que era pequeñísimo, flotaba un girón rojo, ennegrecido por el humo, en cuyas aspas podían reconocerse las insignias de la Gran Bretaña. La proa vertical se alzaba desmesuradamente, mostrando hasta el último número de las medidas de flotación y las planchas rojas de hierro mal pintado. Daba grandes tumbos á babor y estribor, mostrando ora la horrible panza, ora la cubierta en desorden, negra y húmeda, las escotillas, el mamparo de la máquina, el puente y la chimenea negra, con dos anillos blancos y una T, emblema de la casa Taylor and Co, de Swansea, poseedora de treinta y dos buques de carga y pasaje.
El pobre barco inspiraba esa compasión hondamente patética que acompaña al espectáculo de los grandes peligros. Se le veía forcejear con las olas tratando de gobernarse con la hélice para huir de los escollos, y su figura tomaba la especial fisonomía que adquiere todo lo que interesa, personificándose á los ojos de los que están en salvo. No era un buque, sino un hombre, un pobre nadador que luchaba con la resaca; se le veía romper las olas con la dura cabeza, y sacarla fuera para respirar por los dos agujeros llamados escobenes, abiertos á manera de narices. La hélice trabajaba con frenesí, tornillando el agua y sacando hirvientes virutas de espuma. Tragaba el casco inmensos sorbos de agua y al tumbarse los arrojaba en catarata por los portalones, sin cesar de dirigir al cielo su espantosa imprecación en forma de humo densísimo y de rugiente vapor blanco y rabioso como el chorro de la ballena herida.