Aquel voto de menos podía comprometer seriamente la elección. Advirtiólo D. Silvestre, y bramando de furor llamó al campesino, que en salvo ya en la otra orilla y frente por frente de los comicios, con el río de por medio, hacía con ambos brazos gestos de burla y provocación. Exasperado D. Silvestre contra aquel salvaje, que no sólo se escabullía en el momento de votar, sino que con los signos de los dos movibles brazos le insultaba delante de la Nación en el momento de ejercer ésta su soberanía, no reparó en nada, y con presteza suma se arrojó al agua. Como era gran nadador y se había despojado del levitón que le ceñía, bien pronto puso el pié en la otra margen del río. Corrió hacia el fugitivo, le agarró por el cuello, y arrastrándole con hercúlea fuerza, se metió con él nuevamente en el agua, y asido por los cabellos le trajo á la orilla de acá y le entró en la casucha y le puso, chorreando agua, delante de la urna. Este acto de energía, atemorizando á los que se mostraban indecisos, aseguró la elección.
Otras muchas anécdotas podría contar para mayor realce de la valentía de este varón insigne; pero no quiero alargar las dimensiones de su retrato. A fin de que sea, aunque breve, completo, diré que D. Silvestre despuntaba en los juegos de tresillo y ajedréz. El y D. Juan de Lantigua se batían sobre el tablero casi todas las tardes. Como poseía dos ó tres lanchas de pesca, salía á la mar muchas tardes y era más conocedor del terrible elemento que los mejores prácticos de Ficóbriga. También nadaba como un pez, siendo el asombro de todos cuando se ponía á luchar con las olas, y si se ofrecía empuñar el timón ó el remo y dirigir la ciaboga mientras la embarcación pasaba la barra, los marineros más forzudos no le igualaran. Muchos aseguraban que el mar le tenía miedo, y bien se podía decir con el Libro Santo: Draco iste quem formasti ad illudendum ei; «este dragón á quien hiciste para burlarle.»
Cuando le hemos conocido, la ocupación favorita y el sueño dorado de D. Silvestre eran cuidar una huerta primorosa que había formado en un sitio llamado el Soto de Briján, frente á Ficóbriga, á la otra orilla de la ría, pasando el puente de Judas. Allí estaba la mayor parte del tiempo, sin descuidar sus deberes parroquiales (dicho sea en honor suyo). Aunque vivía de ordinario en Ficóbriga, tenía en el Soto hermosa casa, los mejores frutales del país y un amplio corral y establo llenos de animalia pusilla cum magnis, de cuanto Dios crió. Pavos, gansos, gallinas de diversos linajes, vacas de leche, conejos, cerdos gordísimos, á quienes D. Silvestre solía rascar con la punta del bastón, pájaros, cabras exóticas; en suma, nada de cuanto puede hacer placentera la vida del campo faltaba allí.
En los días de nuestra historia no atendía mucho D. Silvestre á su granja, porque le distraían los negocios electorales de su buen amigo Rafael del Horro. Habíase estrechado esta amistad por relaciones periodísticas, y por la virtud de ciertas cartas que D. Silvestre escribió desde Ficóbriga á un periódico de Madrid, firmadas con el pseudónimo de El pastor de la montaña. Rafael del Horro vivía en casa del cura y todas las horas las pasaban en grata conferencia sobre los elementos de que podían disponer y las probabilidades de triunfo. Habían concertado plantarse ambos en el terreno de la lucha y no abandonarlo hasta alcanzar completa victoria sobre los impíos.
Este era el hombre extraordinario y valeroso que dijo: «Yo salvaré á los náufragos.»
Momentos después saltaba á la trainera. Impávido se lanzó á las olas. D. Silvestre tenía fe en su poderoso brazo, en su pericia de marino y de pescador.
La trainera embistió las olas. Subía por la empinada pendiente, desapareciendo después entre revueltos torbellinos de espuma. A veces creeríase que los montes de agua se la tragaban de un sorbo, á veces que la escupían entre salivazos de rabia. Pero avanzaba, débil y valerosa, como la fe en Dios, por entre los embates del mundo.
Don Angel se había quitado el sombrero que era ya una esponja, y arrodillándose en el fango, rezaba en voz alta. D. Juan, Rafael, Sedeño, sentían las vivísimas emociones del sentimiento cristiano en su mayor pureza.
—Llegarán, llegarán y les salvarán—dijo D. Angel con la inefable convicción del creyente.—Dios oirá nuestros ruegos.