—Padres, hermanos...
—Cuide usted de reponerse. En mi casa no le faltará nada. Mi nombre es Juan de Lantigua; este es mi hermano Angel, obispo de ***, y esta señorita es mi hija Gloria. Le cuidaremos á usted lindamente. Dios nos manda consolar al triste, amparar al desvalido. Todos los días no se presenta ocasión de practicar las obras de misericordia.
El náufrago miró sucesivamente á D. Angel y á Gloria, conforme el Sr. de Lantigua se los presentaba, y después, tomando la mano de éste, la oprimió contra su pecho.
—El que sigue la misericordia—dijo,—hallará vida, justicia y gloria.
Don Angel repitió también en latín esta sentencia de Salomón.
—Ahora—dijo el Sr. de Lantigua,—descanse usted, señor... ¿Cómo es el nombre de usted?
—Daniel.
—¿Y su apellido?
—Morton.
Al decir su nombre, el extranjero añadió las más ardientes y cariñosas expresiones de gratitud. Les devoraba á todos gozosamente con los ojos, como si fueran apariciones celestiales que sucedían al horror y á las tinieblas de la muerte.