—Y yo al oirle y al verle, digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!»

—¡Qué lástima!—repitió Gloria cruzando las manos y elevándolas hasta apoyar en ellas la barba.

—Hoy mismo, hoy mismo pienso dar principio á mi gran empresa—afirmó el obispo con noble decisión.—Al fin haremos algo grande en nuestra pobre vida.

—¿Hoy mismo?... pero si se marcha pronto—dijo Gloria afectando naturalidad.

—No, porque tu padre y yo hemos convenido en rogarle que se quede en Ficóbriga y en nuestra casa quince días más ó un mes.

—Entonces, entonces, tío—dijo la sobrinita disimulando mal su alegría,—triunfará usted, triunfará la Iglesia de Jesucristo... ¡Oh! ¡qué excelente idea han tenido papá y usted!

—Ahora subiré á decírselo. Aceptará, porque no se halla bien de salud y el sosiego de este país le repondrá. Hoy le hablo de religión y... no me faltarán argumentos. Donde hay un buen corazón, estamos á la mitad del camino... ¿Sabes si se ha levantado?

—Roque nos lo dirá.

El criado pasaba por el jardín.

—¿Se ha levantado el Sr. Morton?