—¿Qué haces ahí, tonta? ¿Qué comistrajo es ese?
—Tú sí que eres tonta—repuso Gloria riendo.—¡Qué entiendes tú de cocina fina, ni de pudines!
—¿Y eso para quién es?—prosiguió la respetable criada con ironía.—¿Para el perro? Niña, por Dios, que te vas á echar á perder las manos. Vete arriba, que aquí no hacen falta espantajos.
La antigua cocinera trataba á Gloria con la familiaridad de los criados que han visto nacer á todos los niños de una casa. Gloria, después de agitarse mucho, dió por terminada su tarea y abandonó la cocina, subiendo á su cuarto, donde se ocupó en arreglarse y ponerse guapa, porque la hora del almuerzo se acercaba.
Atentos á ella, entraron en la casa D. Rafael del Horro y el cura, que aquel día andaban muy entretenidos con el negocio de su viaje electoral. Subieron á saludar á D. Juan en su despacho; pero como hallaran á éste muy atareado con las cartas que escribía para varios personajes influyentes de la provincia y que nuestros dos expedicionarios habían de llevar; como además vieran al doctor Sedeño abstraído en la lectura de los periódicos políticos, tornaron al jardín.
Gloria, después de pasar revista al comedor y ver qué tal ponía la mesa Robustiana, salió al jardín. Había en éste, por la parte próxima al camino, un bosquecillo formado de altas magnolias, algunos espesos pinos y dos ó tres plátanos, los cuales sobrepujaban á toda la familia vegetal del repuesto jardín, extendiendo sus grandes ramas en tan grande espacio, que por un lado salían sobre la verja hasta fraternizar con los olmos del camino, y por otro acariciaban las ventanas de la casa. En el centro del bosquecillo había una glorieta, á la que rodeaban espesos matorrales hechos de evónymus, retamas olorosas, tamarindos, verónicas, adelfas y otros arbustos, combinados con primoroso arte. Por detrás corría un estrecho camino semicircular, obscuro, húmedo, en el cual solían verse menudos hilos de telaraña tendidos entre las ramas y en los troncos de los árboles grandes. Gloria entró por este camino. Al poco rato oyó voces y se detuvo. Su primera intención fué no hacer caso y seguir adelante. Pero oyó pronunciar su nombre, reconociendo la voz de Rafael. Este y el cura hablaban en la glorieta. No pudiendo refrenar la curiosidad, escuchó:
—Gloria es perfecta, como usted dice—hablaba el cura,—y además de perfecta es hija única de un hombre rico. Mi opinión es, amigo D. Rafael, que todo no debe ser sentimental y te amo y te adoro, sino que debe mirarse mucho al bienestar de ambos cónyuges. La pintura que usted me ha hecho de lo cara que se ha puesto la vida en esa endiablada Corte, me horripila. Dígame usted, ¿qué tal pinta la abogacía?
—Mal—repuso el joven con hastío,—después que Lantigua entregó su bufete á los pasantes, éstos han acaparado todos los negocios eclesiásticos... Sin embargo, algo se hace.
—¿Y el periodismo?