Un día, como Gloria, viéndole sumergido en hondos comentarios sobre la unidad religiosa impuesta á los Estados después de la unidad política, se permitiese decirle que en su sentir los reyes de España habían hecho mal en arrojar del país á los judíos y á los moros, Lantigua abrió mucho los ojos, y después de contemplarla en silencio, mientras duró el breve paroxismo de su asombro, le dijo:
—Eso es saber más de la cuenta. ¿Qué entiendes tú de eso? Vete á tocar el piano.
Gloria corrió como un pájaro alegre que siente en su alma el ansia de trinar, y posándose en la banqueta y dejando correr sus manos por el teclado se puso á tocar algo que sonaba á zarzuela. Lantigua no entendía una palabra de música. Había oído hablar de Mozart y de Offembach, y para él todos eran lo mismo, es decir, unos holgazanes. Pero su espíritu elevado y su sensibilidad exquisita le hacían encontrar instintivamente diferencias profundas entre las varias clases de música que había oído. En general, todo cuanto tocaba Gloria le parecía horrible.
—No sé qué diera, hija mía—le decía,—por oirte tocar otra cosa que ese sonsonete de organillo de las calles. No me digas que así es toda la música, porque yo he oído en alguna parte, no sé si en la Iglesia ó en el teatro, composiciones graves y patéticas, que penetrando más allá de los sentidos, conmueven el ánimo y nos sumergen en dulce meditación. ¿No sabes algo de eso?
Gloria repasaba todo su repertorio de fantasías, nocturnos, flores de salón y auroras del pianista, sin poder encontrar lo grave y patético que el alto espíritu de su padre pedía. En honor de la verdad, que es antes que todo, aun antes que el prestigio y las gracias de la linda niña, debo decir que Gloria aporreaba el piano de un modo lamentable, cual si las teclas, convictas y confesas de algún espantable crimen, merecieran ser azotadas todos los días por espacio de tres horas.
—Basta ya de monserga, hijita—le decía D. Juan;—coge un libro y ponte á leer.
Gloria volaba á la biblioteca de su padre, miraba á todos lados, hojeaba un libro y con desdén lo volvía á poner en su sitio. Cogía otro, leía algunas páginas; mas pronto se cansaba.
—¿Qué buscas?... ¿novelas?—decía D. Juan entrando tras ella y sorprendiéndola en el escrutinio.—Algo de eso tengo también... Espérate.
—Ivanhoe—decía Gloria, leyendo un rótulo.
—Esa es buena, pero déjala por ahora... Aquí han entrado pocas novelas. De la basura que diariamente han producido en cuarenta años Francia y España, no hallarás una sola página... De lo bueno hay algo, poco... Me parece que en algún rincón encontraremos á Chateaubriand, á Swift, á Bernardino de Saint Pierre, y antes que á ninguno, á mi idolatrado Manzoni.