—Es preciso pagar ese tributo á la sociedad. ¿Tú qué piensas de esto?
—Que la sociedad es terriblemente feróz, y con mucha dificultad se aplaca.
—Eso quiere decir—manifestó Gloria con enojo,—que no hay solución posible. Yo abro las puertas y tú las cierras.
Morton suspiró, mirando al cielo, señal evidente de que no veía puertas abiertas ni cerradas en ninguna parte.
—¿Por qué suspiras así? ¿qué tienes?—preguntó la joven con el impaciente desasosiego de una alma alborotada.
—Nada... pensaba en mi desgracia, que es más grande, infinitamente más grande que la tuya.
—No... no—dijo Gloria, rompiendo á llorar.—Me voy convenciendo de una cosa, de una cosa muy triste... ¡Ah! Daniel, tú no me quieres á mí como yo á tí.
—¡Gloria, vida mía, Gloria! Por Dios—exclamó el extranjero, besando las manos de su amiga,—no me mates con tus quejas... Si supieras cuánto padezco; yo que he estado á punto de despreciarlo todo, nombre, familia, el amor de mis ancianos padres, de perderlo todo por tí... yo que aun en este momento vacilo y tiemblo, igualmente aterrado por la idea de poseerte y por lo terrible del sacrificio que quieres imponerme. Claramente lo has dicho: es preciso quitar de en medio una de las dos religiones.
—Sí.
—Y como si echáramos suertes, le toca á la mía, ¿no es eso lo que piensas?