—Eso quiere decir—afirmó Gloria, ahogada por la pena,—que el sacrificio debo hacerlo yo.
Morton no contestaba.
—Esto quiere decir—manifestó al fin,—que moriremos, Gloria, que moriremos, y que Dios hará con nosotros en el otro mundo lo que es imposible alcanzar en éste, porque este mundo, amiga de mi corazón, no es para nosotros.
Gloria se levantó, y con la inspiración sublime de quien pone el pié en la puerta que conduce al martirio, exclamó:
—¡Adiós!
Morton, asiéndole las puntas de los dedos de ambas manos, tiró de ella. La joven cayó de nuevo en su asiento de piedra.
—No hará el sacrificio uno de los dos, sino los dos á un tiempo—afirmó Daniel.
—Jesucristo, que murió en la cruz—dijo ella.—Jesucristo, á quien adoro, me ha enseñado el modo de hacerlos yo sola, si es preciso: pero si me da fuerzas para aceptar el de la vida, no me las da para aceptar el cáliz de un escandaloso cambio de religión, por casarme á disgusto de mi familia. ¡Oh, Dios mío, dichosas las tierras donde la religión está en las conciencias y no en los labios, donde la religión no es una impía ley de razas! Andamos por aquí como las reses marcadas con hierro en su carne.
Concluyendo su ardiente protesta, la señorita de Lantigua se levantó de nuevo repitiendo: